domingo, 19 de octubre de 2014

CADA CORAZÓN TIENE UNA HISTORIA QUE CONTAR

Diariamente, nos encontramos con personas tal vez dentro de nuestras mismas familias, los amigos, los conocidos y hasta los desconocidos, con las cuales nos hemos acostumbrado simplemente a verles, a cruzar conversaciones superficiales y objetivas. A veces, no comprendemos ni sabemos las situaciones por las que están pasando, pues tal vez no tienen la confianza de decírnoslas, porque no nos la hemos ganado o quizás porque la hemos perdido.

Muchas personas en la calle actúan violentamente, especialmente en las ciudades, en donde la presión es tan fuerte por el trabajo y las apretadas agendas, que no hay tiempo para procesar adecuadamente los sentimientos y pensamientos acumulados. Por esa razón, en esta última década los centros de yoga, meditación, apoyo mutuo y, si el bolsillo lo permite, las citas al psicólogo, son el auge.

La mayoría de las personas no se da tiempo para aplicarse auto-terapia, convivir más con sus seres queridos y tener conversaciones de calidad y no de cantidad. Tampoco se dan el tiempo para pulir un poco el espacio interior en cuanto a sus sentimientos, para sentarse y resolver peleas de diálogos o monólogos internos. Los sentimientos indigestos se acumulan, cocinan un cultivo del cuál nacen los egoísmos, las envidias, los odios, los rencores, la falta de perdón. Hablo de estos calditos de cultivo que simplemente, tomados en dosis pequeñitas cada día, van envenenando el alma y el corazón de quien los guisa.

Aunado a las difíciles agendas de las personas, en los tiempos de descanso se prefiere abrir los ordenadores, las portátiles, perderse en el teléfono inteligente jugando al “dulce” o en la tableta, tal vez para evadir el sentimiento, para evadir el problema, tomándose fotos para reafirmarse en una “realidad ficticia”, pues se proyecta lo que no existe. Muchas sonrisas detrás de estos auto-retratos, esconden dolor, soledad, angustia, incertidumbre, miedo, maltrato, pero proyectan lo inverso, proyectan cómo a la persona le gustaría verse, reafirmando un alter-ego que está muy molesto y ensuciado, al que hay que darle su debido mantenimiento.

Todos estos factores dificultan la comunicación humana, íntima, sanadora e irremplazable, la cuál es indispensable, pues en ausencia de ella el mundo se torna hostil y agresivo para la persona que no expresa el disgusto apropiadamente, y la sociedad se vuelve más violenta.

¿Queremos evitar la violencia, las conductas aberrantes en espacios íntimos y públicos, la intolerancia, la explosión de miles de volcanes recargados de lava que representan miles de personas frustradas en cuanto al manejo de sus emociones? Pues bien, aprendamos a indagar más allá de un “hola, ¿cómo estás?”, démonos auto-terapia recíprocamente, establezcamos vínculos de confianza, círculos de autoayuda que se vuelven totalmente mágicos porque transforman, aconsejémonos prudentemente. Recordemos que cada corazón tiene una historia que contar y que más allá de una sonrisa, una apariencia bella, una contestación “bien”, una actitud agresiva, puede haber una persona sufriendo profundamente y por lo tanto puede caber la posibilidad de abrir un diálogo mucho más profundo, constructivo o reconstructivo.

Necesitamos aprender a gestionar nuestras emociones y a contar nuestras historias, esas que vienen de lo profundo del corazón. Entender la bio-génesis de cada uno de nosotros es tan importante, no sólo para uno mismo, sino también para los demás. Tratarnos con cariño, comprensión y respeto, abrir nuestros oídos y no sólo oír sino escuchar atentamente al otro y ser escuchados con el corazoncito bien abierto al consuelo y al amor sanador, es un excelente comienzo.

Así pues, ven, te escucho, ¿hay algo en que pueda ayudarte?, ¿qué historia tienes que contarme?

Amor, luz y bendiciones.

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