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QUITANDO NUESTRAS ETIQUETAS, DESCUBRIMOS EL ALMA

El Alma no tiene género, nacionalidad, partido político, ni religión; pero en el momento de la encarnación, lo primero que se dice es el género. "Es un niño" o "es una niña". A partir de ese momento se espera que uno se exprese de forma limitada, y si queréis tratar de actuar de forma distinta; en cualquier cultura a la que pertenezcáis, os enfrentaréis a severas restricciones: En la sociedad occidental, si se nace niño, no se debe jugar con muñecas. Para expresar su género adecuadamente, debería jugar con pistolas de juguete o con juegos bélicos en los que finge matar personas. A esa Alma encarnada también se le da una familia y se le asigna cualquier religión que practique su familia, además de una nación, etc. Una capa tras otra de identidades van quedando impresas en ella. Para ser más precisos, esas identidades no quedan impresas en el Alma, sino en los vehículos con los que el Alma funciona en este mundo, creando una barrera entre el Alma y su origen. Este es el proceso.

Muy pronto empezamos a aceptar esas identidades. Ya no se trata de que los demás nos digan "Eres cristiano" o "eres musulmán", sino de que nosotros mismos nos identificamos diciendo "soy esto o aquello". Y es entonces, cuando se convierte en un problema. Es más, intentamos extender esa identidad. No queremos ser solamente cristiano, queremos ser un "buen" cristiano. No queremos ser simplemente teósofos, queremos ser teósofos profundos. ¡Queremos ser el Presidente internacional! El proceso no para nunca. Es interminable. Cuando vivís en un mundo de siete billones de personas que actúan de esta manera, se pueden esperar problemas como los que vemos cada día. Todo el mundo intenta reservarse su rincón, para tratar de satisfacer lo que creen que son sus deseos, compitiendo con los otros siete billones de seres. Este es el problema esencial.

La encarnación; pues, tiene sus consecuencias. La primera es que primero adoptamos; y después aceptamos, toda una serie de identidades. Lo bueno es que este "yo" que va creciendo constantemente, tiene ciertas limitaciones. Inherente en este proceso, está la experiencia que podríamos describir como la insatisfacción. Sencillamente nunca tenemos suficiente para ser felices. No podemos ser lo bastante ricos, o lo bastante amados. Y eso es lo hermoso, que a cada persona le llegará necesariamente el momento en que sienta constantemente una insatisfacció n tan grande,
que viva con el corazón atormentado. Es algo bueno, porque de esa insatisfacción nace el necesario paso siguiente en el que nos encontramos ahora. Después de darnos cuenta de que el sendero particular que hemos estado siguiendo no nos va a llevar adonde queremos ir; empieza otra cosa, que podría describirse como una búsqueda. Nos convertimos en buscadores de la felicidad, de la Verdad, de algo a lo que definimos con muchos nombres.

En las etapas iniciales; lo que realmente buscamos es algo que nos llene la sensación de vacío, y que acabe con esa sensación de insatisfacción. Muchas veces lo expresamos como un deseo de libertad. De alguna manera nos sentimos encerrados, limitados por este mundo que hemos aceptado tan profundamente. Empieza con una sensación de libertad. El planteamiento no desarrollado de la libertad la mayor parte de las veces, equivale a querer liberarnos de alguna cosa. Queremos liberarnos de las cosas que nos atormentan: liberarnos de la enfermedad, de la gente desagradable, de no tener bastante dinero, etc. Todo ello basado en la idea de que estamos incompletos, de que estamos obligados a buscar hasta encontrar esa pieza determinada que nos falta en el interior, porque cuando la encontremos y la encajemos en su lugar "todo estará bien en el mundo". Es un planteamiento inicial, pero obviamente no nos puede llevar muy lejos.
 
Fuente: El Teosofista, Revista Sophia, No. 35, "Sociedad Teosófica Española"

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